Mi segunda oportunidad /

2016.05.24

María José Godoy de Joachin
mjgg.joachin@gmail.com

 

Mientras crecemos y nos convertimos en adultos siempre conservamos un niño o niña interno que en algún punto se ha sentido herido por sus padres. No importa que tan maravillosa haya sido nuestra infancia, nunca ha habido un manual para ser papás y muchas veces nos asumimos lastimados por sus acciones sabiéndolo o sin saberlo ellos.
El caso es que todos cuando miramos atrás podemos identificar hechos que nos dolieron. Yo no estoy exenta de ello. Mis papás fueron normales, ni santos ni mounstros, pero mientras fui niña y adolescente siempre sentí y dije que mi papá había sido un padre ausente. Ahora adulta puedo ver que aunque profesionales ambos la vida era dura para los clase media de los años ochenta. Mi papá tuvo tres trabajos al mismo tiempo durante buena parte de mi infancia para poder sacar adelante a unas hijas que vinieron gemelas por sorpresa y a una esposa que trabajaba medio tiempo. En resumen, mi hermana y yo crecimos “siendo un chicle” con mi mamá y cuestionando muchas de las acciones de mi papá. Cuando quinceañeras él trató de acercarse, pero el tren se había ido, inmersas en nuestras actividades e ilusiones de adolescentes no pusimos mucho de nuestra parte y más bien continuamos la distancia que nos era conocida, cómoda y muchas veces nos proporcionaba un chispa de satisfacción vengativa.

Esa magia que llamamos “abuelidad”
Yo había escuchado, leído e incluso visto casos en que esa “segunda paternidad” el ser abuelos, trasforma a las personas. Incluso uno de mis tíos paternos, uno de los que yo hubiese catalogado “mounstro” para mis estándares, quedó transformado por el amor devoto que le vi profesar a su nieto. Lejos quedaron las caras largas y las copas con los amigos. El gruñido del hablar golpeado lo sustituyó un ronroneo suave cuando le hablaba a Carlitos. Igual pasó con mi papá.

Aquel que no tenía tiempo para mí, el que me dejó esperando mi helado de jarabe de chocolate en Yogurt Shop porque primero tenía que terminar sus pacientes, hoy le dice a mi mamá: “No puedo creer todo lo que me perdí cuando las nenas eran pequeñas”. Nunca me bañó, ahora pasa horas jugando patos plásticos y dinosaurios cuando mete a JD en la tina; nunca me cambió un pañal, con JD le tocó hacerlo y se las ingenió. Ni una sola noche se desveló mientras yo estuve enferma: él que dejó a mi mamá vérselas sola, hoy ha pasado dando agua con cuchara a un nieto que ama más que a nadie para que mi esposo y yo durmamos en la cuarta noche de adenovirus.

Mi hijo, como si su sola presencia no fuera un regalo, me ha dado también el regalo de la oportunidad de vivir una segunda historia de amor con mi padre. A través del amor y cuidados que mi papá le prodiga a JD mis heridas de infancia se van sanando. Sé que soy afortunada, no todas las personas viven esta magia, no todos los corazones se transforman, no todas las historias cambian, pero algunas veces, son nuestros corazones de hijos endurecidos lo que no nos permiten abrir nuestros ojos para ver el milagro que acontece cuando un abuelo y un nieto se encuentran.

Porque como dice Joan Garriga, terapeuta gestáltico y constelador familiar: “Ningún sufrimiento concede derechos, ninguna postura existencial edificada sobre heridas concede merecimientos y el único sentido de este sufrimiento, que no es dolor, es hacer sufrir a los demás”.

Viene a mi mente este fragmento de un libro de Garriga que sintetiza todo lo anterior:
“Entonces decidió caminar hacia la casa de sus padres. Y cuando llegó, mirándolos a los ojos les dijo: -Esta noche habéis venido en sueños y habéis depositado unas cuantas monedas en mis manos, no recuerdo si eran muchas o pocas. Tampoco sé de qué metal estaban hechas, si eran de un metal precioso o no. Pero no importa porque me siento pleno y contento. Y vengo a deciros: Gracias, son suficientes. Son las monedas que necesito y las que merezco. Así que las tomo con gusto porque vienen de vosotros. Con ellas seré capaz de recorrer mi propio camino.-”

No pasemos la vida buscando “las monedas” en los lugares equivocados. El secreto es tomar con alegría lo que la vida nos trae. Las que recibimos de nuestros padres son la justa cantidad que necesitábamos.