Mamá: Escritora de guiones de vida /

2018.05.07

Por: María José Godoy de Joachin

Este es mi tema. Me fascina, lo vivo en terapia, lo pienso como madre y lo leo como psicóloga y aún así, a veces, muchas veces, lo olvido. Hay un dicho que se ha popularizado bastante últimamente que encierra una gran verdad:La forma en que le hablamos a nuestro hijo se convertirá en su voz interior“. Esto es totalmente cierto (más allá de la “forma” en que le hablamos) en cuanto al “fondo” o contenido de lo que les decimos. Lo que como madres sembramos se queda ahí, como una semilla que finalmente germina y decide de manera consciente o inconsciente el actuar de nuestro hijo en la adultez.

Laura Gutman, terapeuta argentina, tiene una manera muy rotunda de explicarlo en su libro El Poder del Discurso Materno; nos dice: “En un principio vamos a ir pensando, sintiendo e interpretando la vida desde un punto de vista prestado de mamá, luego seguiremos alineando nuestras ideas y preconceptos en relación directa con el punto de vista de nuestra madre.”

Este punto de vista se traduce en que creamos un personaje para nuestro hijo, un personaje que deben representar cada día porque a nuestros ojos lo define o nos conviene que lo defina. He ahí por qué el mundo está lleno de hijos de mami, casos perdidos, ovejas negras y perfectas princesas de papá. Frases como “todo lo haces bien” o la contra partida “todo lo haces mal”, o “eres el hombrecito de la casa” o “si usas vestido te ves más femenina” van sugiriendo la imposición de un guión que como madres no estamos dispuestas a negociar.

Al crecer surge un problema, nuestro hijo vive como un personaje inventado dentro de nuestro discurso materno. Y cual quiera que sea el personaje que le hemos impuesto va a tener la limitación de idolatrar la capacidad de representar un rol, y lo que es más grave: ese rol no es exactamente igual a SU esencia. El ser interior de nuestro hijo es mucho más rico, más vasto y sobre todo mas ambivalente. NO tiene que ser negro o blanco. No es el perfecto o el inútil. La luchadora o la débil. La amable o la intransigente. Simplemente es Juan, Patricia o Inés. Llamémoslo con su nombre, reconociendo y aceptando todas y cada una de sus particularidades. Si no lo hacemos crecerá en un adulto para el cual el personaje que le hemos creado será el único recurso para sobrellevar el desamparo de la infancia… Y se aferrará cada vez mas a ese personaje, y no lo soltará y todas sus decisiones y actuaciones las guiará este personaje. Porque el personaje no lo abandona. Como alguna vez lo abandonamos nosotros al negarnos a reconocer su esencia, a mirar (pero verdaderamente mirar, digo, con los ojos físicos y los del alma) a nuestros hijos.

Podemos hacer una diferencia. Este Día de la Madre que no se trate de fotos perfectas de niños perfectos vistiendo sus ropas perfectas. Que nos detengamos a analizar el fenómeno de que todos caminemos por el mismo surco en todas las áreas de la vida es consecuencia de no haber tenido la oportunidad de autorregularnos desde el momento mismo del nacimiento. Que esta masificación de identidades es porque como sociedad no hemos permitido a los niños a ser ellos mismo. Animemos a nuestros bebés y a nuestros niños mayores respetar sus impulsos básicos. Cuando nos dejamos llevar por las pautas externas y como mamás irrespetamos estos impulsos básicos nuestros niños llegan a olvidarlos por completo y a partir de ahí pierden su propio norte.

Estemos, amemos, observemos y reconozcamos. Gutman lo pone magistralmente: “El niño pequeño solo necesita para su confort y su salud afectiva y física una madre suficientemente amorosa y disponible. Nada más. Absolutamente nada más.”