La Presencia: El músculo que más nos cuesta ejercitar... /

2018.07.03

Por Jennifer Petersen

Vivimos en una cultura donde se nos ha hecho creer que la felicidad es algo que depende del éxito, y el éxito se alcanza en un futuro. “Seré feliz cuando…” ¿Cuándo qué? Termine la universidad, tenga un trabajo, tenga una pareja, gane cierta cantidad de dinero, obtenga esto o aquello que pienso me hará indudablemente más feliz. Pensamos que lo que realmente nos hará completos es eso que está allá, en el futuro. ¿Pero no nos hemos puesto a pensar que el futuro depende inextricablemente de lo que haga hoy? ¿Y que un “futuro”, como concepto cuasi-tangible, solo es un montón de momentos presentes acumulados? ¿No nos hemos preguntado cómo afecta esto en la relación con nuestros hijos? Por ejemplo: La lógica de un “entrenamiento para dormir” es que un bebé sufra hoy la ansiedad de separación con sus padres por la noche pero para que “en un futuro”, aprenda a dormir sólo. ¿Pero, si mi hijo está sufriendo hoy, cómo estoy así construyendo un “mejor” futuro? ¿Si no le estoy dando en el presente lo que él necesita? ¿No les parece que estamos condicionados a responder de manera ansiosa y miedosa sólo porque queremos controlar lo que ocurre en el futuro?

La cultura y la sociedad nos ha seducido ante el miedo; nos ha dicho que tenemos que hacer muchas cosas (meterlos a ciertas clases, usar ciertos productos, estimular prematuramente) para que nuestros hijos sean “felices y exitosos”, de lo contrario, fracasarán. La realidad es que estamos viviendo bajo un paradigma de mitos que debemos revisar y cuestionarnos internamente si esto es realmente saludable.

¿Cuáles son estos mitos?

1. Los niños deben ser felices.
Claro, quisiéramos resguardarlos de todo sufrimiento y dolor. ¿Pero no les parece injusto entonces que no les permitamos tener sus emociones, que no se cautiven por la vida en su totalidad, lo bueno con lo malo, y aprendamos en vez a navegar a través de los momentos difíciles y así obtener más fortaleza? Si nos aferramos a este mito, entonces todas las emociones nos activan.

2. Ser un “buen padre” significa enfocarse en el niño.
Por supuesto, hasta que los resentimos por exigirnos tanto o nos hacen sentir mal de nosotros mismos cuando no se portan bien.

3. Debemos criar hijos exitosos.
Es una bonita meta, y no estoy diciendo que no debemos ayudarles a que alcancen sus sueños, pero no confundirlos al hacerlos creer que su único valor e identidad reside en lo que “hacen” y no en lo que “son”. Si nos aferramos a este mito, nos activamos cuando no cumplen con las tareas o pierden clases, cuando no quieren asistir a alguna actividad extracurricular, cuando están aburridos, cuando no están motivados, cuando no son líderes o son tímidos.

4. Los niños deben ser “buenos”.
Los niños deben ser niños. A veces eso no va siempre con las normas esperadas, y cuando nos quieren comunicar algo a través de alguna “mala” conducta (es muy subjetivo lo que es considerado “bueno” y “malo” en mi campo), nos activamos.

Entonces, ¿se dan cuenta que cuando apelamos a estos mitos, nos salimos del momento presente porque estamos tratando de usar “técnicas”, “tips” o “estrategias” con nuestros hijos como si fueran productos? Estamos resistiendo el momento presente y lo que mi hijo o hija me quiere decir en este momento, y entramos en una modalidad ansiosa que no le hace bien a nadie. Usamos la palabra “no” más veces de las que nos gustaría, y esto solo es prueba que estamos resistiendo lo que es. Lo opuesto a un “no” no es siempre un “sí”; lo opuesto a un no es la no-resistencia. Es abrazar la vida en su totalidad, con sus altos y bajos, con sus emociones positivas y negativas; porque en las positivas hay regocijo pero en las negativas… hay sabiduría, si sabemos aprovecharlas.

Entonces la invitación a practicar la presencia no es un “disfrutemos todos los momentos con nuestros hijos” (porque ya sabemos que no todos los momentos son bonitos), sino “aceptemos todo lo que es, porque ya está aquí, y algo nos está tratando de enseñar.” No resistamos el momento, quedémonos un rato con el enojo, el miedo, la frustración y veamos que al meditar sobre ellos, no solo le estamos enseñando a nuestros hijos a manejar sus emociones, si no también estamos aprendiendo sobre nosotras mismas. ¿Que la conducta de mi hijo provoca mi reacción? Esto es falso. La conducta de mis hijos me está comunicando algo que ellos todavía no pueden verbalizar. Yo, en cambio, tengo la responsabilidad de cuidar de mi reacción, para no contaminar la relación que estoy construyendo con ellos. Si me dejo llevar por el miedo y las emociones fuertes (muchas veces activados por mi pasado), me salgo del momento presente; entonces hay gritos, amenazas, castigos incoherentes y rupturas en la conexión. Pero si me concentro en lo que mi hijo necesita HOY y lo que me está tratando de comunicar en este momento, entonces no me activo, y no condiciono a mis hijos a que sus conductas me complazcan solo a mí.

La presencia tiene muchas cualidades, el silencio siendo la más primordial. El silencio nos da acceso a la calma, a la quietud, a un alineamiento interno y a una autenticidad que nos permite estar conectados con nosotros mismos. Esto puede venir de muchas formas: en pasar tiempo a solas, meditando, escribiendo o solo escuchando nuestra respiración, desconectándonos del teléfono o los distractores, realmente solo observando lo que ocurre alrededor de nuestra conciencia. Apropiándonos de lo que es nuestro y liberando a nuestros hijos de complacernos todo el tiempo; y en cambio, así ayudarlos a estar conectados a su ser auténtico. Es un músculo, que si lo ejercitamos diariamente, nos traerá enormes beneficios. Al conectar nosotros a este nivel interno, entonces podemos exhalar esa energía que nuestros hijos están inhalando. Momento a momento.

Jennifer Petersen es mamá, psicóloga clínica y catedrática universitaria. Forma parte del equipo de Círculo de Crianza Consciente.

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