Fuiste Tú /

2018.06.25

Por María José Godoy de Joachin

-Mamá, tú hueles a “mi Miss”-. Me dijo mi hijo mientras escribía su nombre en el dibujo que acababa de hacer. -Hueles bien rico- insistió. Yo sonreí y le agradecí al cielo por tu vocación de maestra. Reafirmé lo que ya sabía, que tu presencia en la vida de mi hijo es un regalo invaluable porque le estás enseñando mucho más que las letras del abecedario.

Y no solo a él, me estas enseñando a mí también a través de él, a distancia. A mí en directo, en esas breves pláticas cuando llego a recogerlo. A mi marido y a mí en las trimestrales sesiones de entregas de notas.

Tú que no eres mamá me estas enseñando a mí. A mí que me las creo que ya se me da bien esto de ser mamá; a mí que pareciera que con el segundo hijo la lección ya debería de llevarla un poco adelantada; a mí que mis rasgos de trastorno obsesivo compulsivo me persiguen… Con los ojos del corazón bien abiertos y la vocación bien cimentada has dibujado caritas contentas en la boleta de la cuenta emocional de cada uno de los miembros de esta familia.

Gracias porque durante este ciclo escolar esta familia ha aprendido que:

1. La vida va mucho más allá de negros y blancos, que existe toda una gama de grises: Que no todo es perfecto o nefasto que siempre hay espacio para mejorar; que se puede corregir, que es válido fallar.

Pero que si yo como mamá soy la que borro, esa plana, esa raya, esa letra, corro el riesgo de anular y no de guiar.

2. Que el camino de los nuevos aprendizajes es siempre un proceso hermoso y no una estresante carrera de caballos: Que la perseverancia y el esfuerzo rinden sus frutos. Que si algo no salió hoy no significa que no vaya a salirnos nunca.

Pero que si yo como madre o padre de familia me obsesiono porque mi niño domine una habilidad que su madurez cognitiva aún no está lista para alcanzar, estoy apegándome al resultado y no disfrutando el proceso ni respetando los tiempos personales de este ser humano encomendado a mi cuidado.

3. Que el miedo también tiene cabida: Puede existir en mi cabeza, en mis sensaciones corporales, y aceptarlo y nombrarlo es el primer paso para dominarlo. Ser capaz de pasar las “monkey bars” o probar un alimento nuevo pueden ser situaciones que atemorizan a un alma joven, así como aceptar una nueva responsabilidad laboral o permitir que tu hijo sea empujado a dar más de sí en las extracurriculares son situaciones que asustan a los adultos, pero estos miedos no deben paralizarme ni debo permitirme tomar decisiones desde el temor.

Pero que como madre debo renunciar a tratar con pinzas, a favorecer conductas de evitación o escape, y sobre todo, debo renunciar a tratar de evitar que el fruto de mis entrañas tome sus propios riesgos.

4. Que la sobreprotección es un camino directo al sufrimiento: Al de mi hijo, al mío, al de aquellos que nos rodean. Que suena factible ahorrarles un poco del estrés infantil haciendo algunas concesiones, como ni muy mala idea de atrasar media hora el despertador para ver salir de casa a un niño relajado. Pero que a veces esas concesiones se pagan caro, en mi caso con un verdaderamente angustiado niño que llega a encontrarse cada mañana un aula vacía porque ya todos sus compañeros están en la clase de deporte…

Pero que como padre debo estar dispuesto a quitar de mi lista de atribuciones la de ser el “eliminador de sufrimiento” en la vida de mi hijo y anotar más bien el de ser un investigador activo de mi propia historia, ser amigo de mi niño interno, ser conciencia dispuesta a investigar qué me pasa a MI que siento la necesidad de sobre proteger a este niño.

5. Que una buena actitud es indispensable ante cualquier tarea que emprendamos: Que una sonrisa y un YO PUEDO son la columna vertebral del éxito.

Pero que como adulto tengo que desprenderme de la preconcepción de que el éxito se mide con números, porque no es así. Se mide con latidos del corazón. Aquello que acelerar mi pulso y me hace sentir vivo es lo que verdaderamente cuenta.

Fuiste tú, maestra, la que le enseñaste esto a mi hijo.

Tú que lo esperaste cada mañana con una sonrisa, que le pusiste una carita alegre o un corazón en su plana aún en los días en los que los trazos estaban afuera del cuadrito, la que con amabilidad le invitaste a encontrar sus fallas y a identificar sus aciertos preguntándole cuál e era su favorita o cuál u podía quedar mejor.

En las anécdotas que mi hijo me cuenta cada tarde y en su entusiasmo cada vez que empareja un nuevo sonido con una letra yo veo el cuidado y respeto con el que ha sido acompañado y sobre todo, se que se siente amado. Y es por eso que sonríe tanto ante el aroma de su maestra. Y a mí no me queda más que agradecerte porque cuando guías esa manita estas llevando a toda esta familia a un nuevo despertar.