Explicándole la muerte a los niños /

2017.06.26

Por Lissy González

No se cuándo comenzó ella a sentir curiosidad por el misterio de la muerte, no sé si fue cuándo enterramos dos pajaritos muertos que encontramos por el parque, o cuando le hablé que iba a visitar a mi abuelita al cementerio. La vi sentir tanta curiosidad por esos pajaritos inmóviles. Los tapamos con hojas y se preocupó por las hormigas que los rodeaban. Le dije: ya no siente nada hija, la muerte no duele. Me preguntó porque mi abuelita había muerto y le conté de la vejez. Me di cuenta que no estaba preparada para un tema tan extenso y las preguntas me agarraron  desprevenida.

He querido tocar este tema porque al vivir en varios países me doy cuenta que cada cultura tiene una forma de afrontar la muerte y el duelo. Constantemente nos estamos preguntando cuándo va llegar el día que nos hagan preguntas sobre sexo, pero casi nunca pensamos sobre qué les vamos a decir sobre la muerte, cuando inevitablemente suceda algo en la familia. Explicar la muerte es una conversación sana y algo que debemos estar preparados para hablar.

Ni nosotros mismos como adultos comprendemos en toda su naturaleza el dejar de existir, y cuando nos toca consolar o consolarnos, la fe resulta ser el mecanismo con el que buscamos explicación; la vida eterna, la vida en el cielo, la re-encarnación, la resurección, los cielos y los ángeles etc. A los adultos quizás eso nos de paz, pero a un niño, acabo de comprobar, es un enigma y un misterio que los confunde más. Por eso me he dedicado a leer sobre el tema y esto es lo que he aprendido:

  • Los niños no comprenden que la muerte es permanente, y todas estas ideas mágicas no ayudan a mostrar esa etapa permanente. Nuestro perro no se fue al cielo, murió. Las explicaciones mágicas los hacen sentir débiles y ansiosos ya que no las comprenden y se sienten abandonados y en consecuencia, no-amados.
  • A veces como padres cometemos errores cómo comprarle un perrito nuevo porque el anterior murió, o remplazar un pez por otro, creyendo que no se darán cuenta de que flotaba en la pecera esta mañana. ¿Quien no quiere evitarles el dolor a nuestros hijos? Para absolutamente todos los seres humanos hablar de la muerte es una tragedia debido a que es irreversible, final y algo eterno. Por eso no es justo sustituir. ¿Qué aprenden cuando les evitamos dolor (los engañamos) ? Que la lealtad es reemplazable, que la muerte no se habla, se esconde, que el dolor es mejor ignorarlo.
  • Los niños y los adultos tenemos el absoluto derecho de sentir miedo, tristeza y pésame ante la enfermedad y la muerte. Debemos tener libertad para llorar y sufrir esas pérdidas.

Una de las cosas que leí y me impacto es que así como los niños son parte de nuestras alegrías, deben ser parte de todos los procesos y experiencias de la vida familiar. Cuando a los niños no se les comparten los sucesos familiares tienden a esconder sus ansiedades y a mostrarlos en actitudes o comportamientos que luego tacharemos de “inexplicables”. Además de esto, los niños llenarán esos vacíos con información errónea, confundiéndolos o creándoles miedos. Ellos se culparán a ellos mismos por la ausencia y la separación, no sólo de los muertos si no de los vivos.

Hay varias formas en las que podemos afirmar y fortalecer nuestra familia ante la muerte de un ser amado.

El primer paso es ayudar a los niños a enfrentar esa pérdida permitiéndoles expresar completamente sus miedos, sus fantasías y sentimientos. Reconfortar y dar ánimos solo llega cuando hemos compartido esas emociones con alguien que nos escucha de verdad.

Los padres podemos ayudarlos a poner en palabras algunos de esos sentimientos, por ejemplo ante la muerte de un abuelito o abuelita se puede decir, “veo que extrañas a tu abuela”, “la extrañas mucho”, “entiendo que la amabas mucho, y ella a ti también”, “quisieras que estuviera aquí”, “quisieras que estuviera viva”, “es difícil comprender que ya no este viva”, “la recuerdas mucho y eso esta muy bien, yo también”, “quisieras poder visitar a tu abuelo”…

Estas no son preguntas, son afirmaciones que tanto a ti como tus hijos se les dificulta expresar. Estas palabras demuestran interés en sus sentimientos y pensamientos y abrirá la oportunidad para hablar, escuchar y sanar.

El otro concejo es ayudarlos a entender qué pasa en la muerte. La respuesta es breve y verdadera: el cuerpo no siente dolor, la persona no regresará, toda la gente muere. Los niños se confunden con eufemismos cómo: está durmiendo, es un ángel, ahora nos esta viendo desde el cielo. Para los adultos esto es común y podemos entender la inocencia de las palabras, porque es lo que hemos aprendido, es lo que nos dijeron a nosotros, pero los niños necesitan honestidad y simplicidad, son otros tiempos y estamos educando para afirmar sus identidades.

Cuando a un niño se le comparten estas palabras con un buen abrazo, con afecto y serenidad un niño se siente reconfortado. Esto funciona cuando los padres hemos aceptado también la realidad de la vida y la muerte independientemente de nuestra religión, filosofía o credo.

Existe la fe y los rituales al rededor de la muerte. Ir al cementerio es mi forma de recordar, también prendo candelas en sus fechas, tengo fotos y hablo de mis muertos con tranquilidad y recuerdo con cariño muchas historias. En Guatemala me encanta la idea de comunicarme con ellos con barriletes en el Día de Todos Santos, decorar tumbas y los almuerzos familiares al rededor del fiambre. Lo que nos lleva a recordar que las actitudes son más importantes que las palabras, celebrar la vida y los buenos recuerdos es sano. Los niños nos ven constantemente y somos la referencia de sus sentimientos, no hay que esconder tristezas. Si hay que llorar, se llora.

Crecer no es fácil. Los niños tienen miedo de ser abandonados, les causa ansiedad los conflictos en la pareja, se preocupan y temen la muerte. Como padres no podemos eliminar esa ansiedad, pero si podemos atenderlos siendo abiertos y honestos cuando ellos nos están pidiendo explicaciones y buscar mejores recursos que nos ayuden a sanar.