El vuelo que vale la pena /

2016.08.08

Nos movemos de lugar cada cierto tiempo y en los 4 años que soy mamá no puedo recordar cuántas veces nos hemos subido y bajado de aviones. Muchas personas me dicen: “que alegre viajar todo el tiempo” – a esas personas les digo: viajar para nosotros ya no es un evento alegre-, es lo que hay que hacer por trabajo, para ver a nuestra familia que viven en todas partes del mundo y a veces para regresar a casa.

Para quienes me dicen: no podría hacer lo que hacés, les digo, es que no es para todos. Hay mucha culpa de estar lejos de la familia y abuelos, de estar llevando a tus hijos de un lado para otro y pensar que los tenés que arrancar de todo lo que conocen una vez más. Pero mi experiencia me calma y me muestra una vez más que quienes más disfrutan de los beneficios de vivir en todos lados son mis hijos. Para mi hija de 4 años el idioma no es un problema. La he visto hacer amigos sin hablar, hablando en ingles, español o turco, para ella compartir es suficiente. Conoce cosas que me tomaron 30 años comprender. Ama a su familia tanto como si los viera siempre porque los vive intenso, dea poquitos y sabe que tiene que partir, pero en su cabeza no hay duda que los volverá a ver. Siempre hay Skype me recuerda.

Mi bebé si esta un poco más confundido. Se duerme en Estambul, se despierta en Roma, se duerme en Roma, se despierta en Estados Unidos. No se si llora por el jetlag o por que le salen los dientes, o porque simplemente sabe que si subimos a un carro es mínimo un viaje de 4 horas.

Viajar con niños es siempre un dolor de cabeza. No importa cuantas veces lo hayamos hecho, es siempre un reto mental y emocional que comienza con la psicosis materna pre-viaje . Los escenarios de caos de esta psicosis aumentan si están enfermos, si imaginamos que no habrá internet en el avión, o si no les ofrecieron asientos juntos a la pareja.

Mi esposo siempre tiene que calmarme semanas antes de viajar, porque no duermo de pensar en todos los escenarios posibles para un berrinche, (la cola de inmigración), un grito de: “Mami quiero hacer pipi” en la enorme cola de seguridad, o cómo entretener y poner a dormir a mis dos hijos las 14 horas en el avión… si 14! Más las 3 horas extras en carro para llegar al destino final… o mejor dicho, a la mitad del camino.

Lo que más me estresa de los aeropuertos es la cola esa donde hay que meter todo por un hoyo cuadrado en cajitas mientras te quitas los zapatos e intentamos arriar a los patojos por el portal sin que pite el detector de metales y con cuidado de no perder los pasaportes, mientras intentamos vernos organizados y pilas para no “incomodar” a los solteros que vienen atrás sólo con un maletín y no perder el vuelo!

Vernos organizados, eso es clave. Para eso debo tener a la mano comida y leche suficiente, pepes en todos los bolsillos para el bebé, mudadas extras, carga en mi teléfono (que es mi instrumento de negociación con mi toddler), y suficientes wipees para limpiar las huellas de dulces que utilizo para que mi hija se quede sentada en el avión. Viajar con chiquitos es la forma más fácil de envejecer. Extraño ponerme un par de audífonos, o ir sola al baño del avión… o no digamos dormir una siesta trasatlántica.

Pero este último vuelo, vale la pena. Pronto veremos a nuestra familia, amigos y nos adaptaremos a una nueva casa, a un nuevo barrio, una nueva rutina. Todo cambia, incluyendo mis hijos y sus etapas, todo toma un nuevo rumbo, hay nuevos planes. Nos vamos en otro avión, esta vez de regreso a casa. Yo cargo a mi bebé y le agarro la mano a mi pequeña. Atrás viene mi esposo cargando las maletas.

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