El secreto de la lactancia materna y el éxito profesion... /

2018.08.01

Por Carmen Samayoa Martinolli (o la mamá de Camilo, como me identifican últimamente)

Cuando estaba embarazada, muchas dudas estaban en mi cabeza: ¿Cómo pasar suficiente tiempo con mi bebé y al mismo tiempo seguir creciendo en mi carrera? ¿Cómo tener todo al mismo tiempo y no perder en el intento? En la maternidad compartida con la vida laboral, las dudas no se acaban, pero poco a poco fui descubriendo que lo único que necesitamos es ser constantes (en ambos ambientes) y tener una red de apoyo para cuando lo necesitamos y así sostener nuestros sueños cuando tenemos que atender algo más. Y así fue, tuve la bendición de tener ambos.

Inicié mi maternidad hace 5 años, porque esto inicia desde que sabemos que estamos embarazadas, en una empresa que representaba, en ese momento, una marca en tres países, tenía 11 puntos de venta a mi cargo y, ya con 6 años de experiencia ya tenía más o menos controlado qué pasaba y cuándo para poder accionar en vez de reaccionar. Me enteré de mi embarazo al estar a dos días de abrir nuestra segunda marca (con un giro de negocio totalmente distinto) y ahí empezó todo. Ahora tengo 6 marcas a mi cargo y 25 puntos de venta en cuatro países, esto ha hecho que me separe de mi hijo de 4 años más veces de las que puedo contar y muchísimas más de las que realmente quisiera, pero a pesar de esto, tuvimos una lactancia feliz por 3 años y 9 meses. ¿Cómo lo hice?

La primera vez que dejé a Camilo fue por dos semanas, el tenía dos meses y yo estaba realmente estresada, tanto que compramos un congelador exclusivamente para la leche materna (que empecé a sacarme desde el día que nació, pues yo ya sabía de este viaje y no quería que le faltara leche).

Empecé a tomar experiencia en esto de las extracciones, tuve la bendición que mi hijo dormía por periodos de 4-6 horas desde que nació, entonces lo que hacía era que yo igual me levantaba a sacarme leche cada 2 horas y así logré dejarle esa vez más de 500 onzas de leche (si, mi mamá casi se va de espalda cuando vio la cantidad de bolsas que le llevé, aparte del chunchal que “necesitaba” un niño de dos meses para estar dos semanas en la casa de su abuelita –porque mi marido se fue a este viaje conmigo, primera y última luna de miel que aguantó sin el chiquito, pero ese es tema aparte jajaja-). Cada vez que me sacaba leche, marcaba la fecha, la cantidad de onzas y la congelaba después de 6 horas en el refrigerador (con el fin de que no estuviera expuesta a un shock de temperatura y se fuera a arruinar). Durante mi viaje, estuve sacándome leche de igual forma, cada dos horas, para regular la producción. Sin embargo, no miento, ya los últimos 5 días no lo hice tan seguido y estaba asustada que al regresar no tuviera suficiente leche. El día que regresamos únicamente nos regresaron una bolsa… ¡mi preciado banco! ¡Había desaparecido y me tocaba volver a hacerlo porque pronto me iba de nuevo!

Con el estrés de no tener suficiente leche para hacerlo de nuevo, empecé de nuevo mi horario de cada dos horas. Con esto, logré tener suficiente para dejarlo nuevamente (ahora con papi) un mes y medio más tarde. En este segundo viaje fue que pensé que era realmente un desperdicio estar tirando mi leche (tiré una cantidad ridícula en esas dos semanas) y que seguramente me serviría para el siguiente viaje. Acá empezó el ensayo y error del método que ahora he recomendado y ha ayudado a varias en el grupo de mamás al que pertenezco: traer la leche congelada cuando me voy.

La primera vez, fue bastante desastroso (para mi equipaje, no para la leche jajaja) pues me llevé una lonchera, el hielo seco y congelé toda la leche que me saqué. Al venir a Guatemala, mi ropa estaba húmeda (y la maleta también!) y los papeles dentro se habían mojado por el frío que pasaba de los hielos secos. En mi siguiente viaje, un mes y medio más tarde, se me ocurrió llevar una bolsa de basura para meter la lonchera. Ya venía mejor, pero aún se salía un poco del frío y mojaba mi ropa. Entonces, ya en el cuarto viaje, me ideé el masking tape y voilá, como por arte de magia la leche ha venido de varios países de América y Europa sin ningún problema. De ahí sale el eterno consejo a las mamás que viajan y quieren traer su leche:

¿Cómo trasportar leche congelada?

• Materiales:
o 4 ice packs (yo me los llevo de Guatemala sin congelar para evitar desastres en la maleta)
o Lonchera térmica
o Esterilizador (o bolsas para esterilizar de microondas)
o Bolsa grande de basura (donde quepa la lonchera térmica)
o Masking tape
o Sacaleches
o Bolsas para congelar leche materna
o Marcador para etiquetar onzas y fecha de extracción
o Maleta registrada (obligatorio, no te dejan pasar esto en el carry on)

Proceso:
o Realizar las extracciones, etiquetado y lavado del equipo como en casa.
o Pedir en el hotel o lugar de hospedaje que congelen la leche (idealmente no mezclada con alimentos) y los hielos secos.
o Al estar por irse al aeropuerto, colocar los 4 ice packs como “paredes” en la lonchera térmica.
o Colocar la leche en medio de las “paredes” de ice packs para mantener el frío.
o Cerrar la lonchera
o Colocar la lonchera en la bolsa de basura
o Sellar la bolsa de basura con masking tape
o Empacar en la maleta registrada

Mi lactancia no se limitó a los viajes únicamente, mi chico va al day care desde los siete meses, ahí también tenía que dejarle leche para seguir alcanzando mi objetivo. Lo que hacía era que la leche que me sacaba durante horas laborales (variaba entre 8 a 15 onzas), era para el día siguiente, y la que me sacaba en la noche iba destinada para el banco de viajes. También me tocó hablar con las niñeras acerca de cómo se calentaba la leche, llevarles pachas todos los días con mi leche e incluso llevar un calentador de pachas. Pero, ¿qué pasaba con las despertadas?, ¿qué pasaba con las tomas en la tarde? Pues nada, simplemente siempre le di. Nunca sacrifiqué una toma por dar pacha o para poder guardar leche en el banco. Siempre fue saciada su hambre física y emocional con la lactancia. En cuanto lo recogía en el colegio, pasábamos alrededor de 20 a 30 minutos dentro del carro, en su toma de la tarde (perdón a los papás que tuvieron que estacionar en otro lado mientras nosotros estábamos “saludándonos”), al llegar a casa pasábamos otros 15 minutos en otra toma y antes de dormir también, incluso hasta los 3 años 9 meses esa fue su forma escogida de dormir.

Tuve éxito gracias a que TODOS me ayudaron. Mi marido, mi mamá, mi suegra, el colegio, en mi trabajo. Por estar pendientes de la leche de Camilo, por brindarle un lugar seguro cuando yo no estaba, por darme el espacio para extraerme leche, apoyándome con horarios que me permitieran establecerla y continuarla por este período, mi jefe desde el primer día entendió el cambio de prioridades y me ha ayudado a balancearlas. Así, yo me sentía en paz y nunca dejé de ser constante en el horario que establecí y que me permitía seguir lactando. Nunca dejé de dar resultados en el trabajo ni de cuidarme a mi misma. Seguramente el inicio es más complicado, pero es parte de la maternidad y la satisfacción que hoy, viendo atrás, siento de esta etapa en mi vida, no se compara ni remotamente con los “sacrificios” que luego se convirtieron en rutinas y que hoy son parte de un logro personal que para mi y mi familia es importante y relevante en nuestra historia.

Cuando me animé a escribir este artículo mil cosas pasaban por mi cabeza, ¿qué pasa si lo lee alguien que conozco y tiene una percepción distinta? ¿Qué pasa si digo algo que pueda contrariar las creencias de alguien más respecto a crianza? ¿Cómo puedo hacerlo lo más impersonal para que ayude a más mamás que pasan por lo mismo? Y la respuesta siempre fue: no puedo controlarlo, esto es algo que debe ser personal porque es la forma como yo, desde mi estructura mental, personalidad y estilo de crianza, lo he hecho y si puedo ayudar a una sola familia a que este proceso sea más fácil me doy por servida. Así que me animo a escribir acerca de mi experiencia al combinar ser una profesional exitosa y tener una lactancia exclusiva, desde mi maternidad, desde mi filosofía.