Cuando tres constituyen una amenaza para dos /

2015.05.06

Por María José Godoy de Joachin

Este es el título de uno de los capítulos del libro “Mating in Captivity” de la famosa psicoterapeuta de parejas Esther Perel. Aunque el tema es abordado por ella desde una perspectiva mayormente erótica, me ha dejado pensando sobre cómo la cascada de amor que constituye la llegada de los hijos hace muchas veces tambalear a la pareja y nuestra inmensa responsabilidad en encauzar el rio, por el bien de todos los involucrados.

De acuerdo a múltiple literatura sobre embarazo y crianza, es natural, bueno, sano y deseable que durante los primeros meses de vida el niño y la madre compartan una intima fusión. Este período coincide con el puerperio y suele extenderse hasta aproximadamente los veinticuatro meses de vida del wiro o wira en cuestión, cuando el papá suele aparecer con más fuerza en la vida de éste y como postula la famosa psicóloga Laura Gutman, declarar: “Esta mujer es mía” o puesto de una manera menos violenta, reclamar la presencia, energía y tiempo de la madre para ser pareja intensamente de nuevo. Algunas mujeres tienen una asombrosa facilidad para poder alternar y moverse entre estos dos roles, el de esposa y el de madre, como peces en el agua, sin embargo para algunas de nosotras esto constituye un reto.

En su libro, Perel deja muy claro: “La transición de dos a tres representa uno de los desafíos más difíciles que una pareja habrá de afrontar. Lleva tiempo (calculado en años, no en semanas) orientarse en este nuevo mundo desafiante“. Y agrega: “literalmente, nos enamoramos de nuestros bebés y como ya descubrimos una vez con nuestra parejas, enamorarse consume mucho tiempo y hace que dejes todo de lado.”

¡Levante la mano a quién le ha pasado! Al final la mayoría terminamos adaptándonos a este nuevo contexto de familia pero la conexión, erótica y emocional con nuestra pareja pasa a ser secundaria. ¿Qué podemos hacer para evitarlo?

No desviar el eros
Lo primero en este punto es cuestionarnos con honestidad cuánto de nuestro tanque emocional está siendo llenado por los hijos. A nosotras como mamás, siendo las que pasamos mayor tiempo con ellos, más aún si nos quedamos en casa, los niños suelen brindarnos gran placer emocional, para nada me refiero a situaciones desviadas o enfermizas sino a la verdad de que en cierto sentido ha habido un reemplazo sobre quién llena nuestro tanque emocional. Recibimos besos melosos, abrazos de oso, retozos y cosquillas durante nuestro tiempo compartido con los hijos, nos sumergimos en planear actividades creativas y ejecutarlas, nos miramos con amor, dialogamos de la vida…. Todas estas actividades lúdicas, toda esta relación íntima nos mantiene llenas y felices. Sin sentir ningún vacío en el tanque emocional hay muy poco incentivo para buscar compartir con nuestra pareja.

La crianza y el cuidado idealmente debe ser lo más compartido que se pueda para que papá también disfrute de toda esta oxitocina que el apego cercano con los wiros produce y mamá guarde un espacio de su mente y de su corazón para desear, buscar y necesitar esta cercanía con papá que supla lo que falta por llenar de su tanque.

El culto a los hijos
Aunque me declaro fiel practicante de la crianza con apego también me declaro una exhausta desertora a ser el payasito que entretiene las veinticuatro horas. Perel lo explica así: La infancia ha sido tan sacralizada que ya no parece ridículo que una mujer adulta se sacrifique totalmente en aras del un desarrollo perfecto y sin dolor del niño.“ Y termina diciendo. “Hoy ya no obtenemos de nuestros hijos la resolución de nuestros problemas” (haciendo referencia a cuando los hijos eran considerados un recurso económico colectivo) “hoy obtenemos de ellos un significado a nuestra vida”. Y esto no debe ser. Es una carga muy pesada e injusta para un hijo. Es el final de la dignidad de una mujer y de la felicidad de una pareja. No digo que mi hijo no merezca que yo vele porque sus necesidades sean plenamente satisfechas, lo merece y lo hago. Pero también me cuestiono como dice Esther Perel, cómo es que en la larga lista de cosas que nuestros hijos necesitan, no figuran padres que se amen, entiendan y relacionen.

Practicar rituales de conexión
Al final de su libro “Las siete reglas de oro para vivir en pareja”, John Gottman propone distintas actividades para mantener y restaurar la conexión de pareja, acá comparto algunas que considero prácticas y útiles:

  • Salir solos a una cena romántica.
  • Pasar una noche bailando en casa o salir a bailar.
  • Compartir un baño de tina.
  • Escribir cartas.
  • Salir a caminar.
  • Un beso de al menos 6 segundos para las despedidas.
  • Desconectar los teléfonos y simplemente platicar.

· María José Godoy de Joachin / Educadora