Crónica de mi primera cita a ciegas /

2014.11.17

cronicacita

Escrito por Silvia García

El otro día en Cosas de Wiros, una mamá preguntaba qué debía esperar de su cesárea programada. Traté de dar mi opinión y caí en cuenta que a casi un año del nacimiento de mi hijo, ya casi no recuerdo el dolor que sentí o los momentos de frustración que viví. Creo que ya estoy lista para hacerlo otra vez. Pero si lo hago de nuevo, me gustaría estar mejor informada y tener todo mejor planeado.

Como mamá primeriza me emocionaban mucho las citas de control, pero mientras más cerca a la fecha probable de parto eran, más nervios me causaban. Porque llegaba el momento de decidir lo inevitable. ¿Parto normal o cesárea? La gente me lo preguntaba y me daban sus experiencias superficiales. Después de mucho pensar y leer decidí que quería una cesárea programada.

Como la mayoría de cosas, desde que estoy a cargo de otra vida en este mundo, decidí algo que luego me cuestioné, y en muchas ocasiones cambie de opinión. Cuando lo decidí, creía que lo hacia por cobarde, luego aprendí que ambas situaciones requieren su grado de valentía. Como buena controladora que soy no quería las sorpresas del parto natural, supuse que eso dolería mucho más y que alteraría aún más mi anatomía, las que han pasado por parto natural me podrán corregir, pero esa era mi percepción.

Dentro de mi investigación, llegó la duda, ¿y si es mejor dejar que la naturaleza siga su curso? Entre lágrimas, de miedo e incertidumbre, lo discutí con mi medico, el seguía en la postura de cesárea, no se si por su viaje de pesca o por que como él decía que mi bebé era muy grande y me quería ahorrar trabajo de parto innecesario., Yo sabía que bebés más grandes que el mío nacían por parto natural de mamás más pequeñas, pero en el fondo prefería saber el día que mi hijo iba a nacer, saber lo que iba a pasar y saber donde me iba a doler y cuanto tiempo me iba a tomar reponerme. De cualquier manera, la decisión estaba en mi y en nadie más. La programamos, un día que al doctor le pareció conveniente y que no interfería con su viaje de pesca. Decidí por una cesárea y quiero compartir qué esperar de esta experiencia.

La noche antes de la cirugía decidí comer como que era la última vez que lo haría. Un par de horas más tarde me moría de un dolor que se irradiaba de mi panza a la espalda. ¿Será esto una contracción? ¿Será que al final no decidí yo? Después de un buen rato se calmó (Cinco meses después descubrí que era la vesícula). Empacamos maletas, sí, la noche anterior, nos tomamos las últimas fotos con la barriga e intentamos dormir. Me desperté a las 6:00 am, desayuné y a las 9:00 am estaba ya en el hospital para ser admitida, la operación estaba programada a las 2:00pm. ¿Sabían que nuestro cerebro percibe el tiempo más largo o más corto dependiendo de la cantidad de datos y emociones que tenga que procesar? En esta ocasión el mío estaba confundido. Yo quería que se pasará muy rápido el tiempo porque sabía que faltaban horas para conocer a mi príncipe pero ¡era mi último día de embarazada! Y sólo Dios sabe cuanto amé estar embarazada.

Cuando me dieron mi habitación me puse la bata y me canalizaron. Recuerdo que tenía mucha sed y luego mucha hambre, pero no podía comer ni tomar nada. Llegó el momento, me trasladaron a la sala de operaciones, era la primera vez que estaba en una, había mucha gente o al menos así se sentía, y yo solo pensaba, ¿no puede estar sólo mi doctor?, a él lo conozco. Recuerdo que había un técnico de sala falto de sensibilidad, algunas enfermeras y la anestesióloga. No conocía a los demás doctores en el equipo de mi doctor (error) pero gracias a Dios me tocó un amor de anestesióloga, no sé si por que ella ya era mamá, pero me tranquilizó mucho, desde que llegué a la sala hasta que se llevaron a mi bebé, ella me fue explicando todo paso a paso con mucho cariño.

Me acostaron de lado y me pidieron que subiera mis rodillas y bajara mi cabeza lo más que pudiera y supe que era momento de la mítica epidural, de la que tanto me habían hablado horrores. Ahora ya lo se y debo decirles que para mi fue una inyección común y corriente, un poco de ardor pero nada exagerado, primero duermen el área y luego ponen la epidural. Supongo que muchos factores influyen, el umbral del dolor, la capacidad del anestesiólogo y la década en que te la pongan. Lo más seguro es que desde hace casi tres décadas que se la pusieron a mi mamá la medicina ha progresado.

Luego, empecé a sentir como se dormían mis piernas, definitivamente una sensación como ninguna otra, como si te desapareciera la mitad del cuerpo. Mientras la epidural hacía efecto, me aseguraron las manos extendidas hacia los lados y el doctor asistente hizo lo que nadie me había avisado que harían y para lo que me hubiera gusta me mandaran un memo. Coloco una sonda y lo que yo llamaría un “tapón”. Me colocaron la mascarilla y me dieron un tranquilizante. Era una sensación, rara, me sentía relajada, pero alerta por si me tenía que alterar si algo iba mal. Siempre estuve despierta, la mitad superior de mi cuerpo sentía que movían mi otra mitad pero nada más, escuchaba lo que los médicos hablaban pero no recuerdo de que hablaban, confundo mi propia memoria con el video que grabó mi esposo.

Recuerdo su primer llanto como el sonido más lindo que he escuchando en mi vida, lo sentí directo en el corazón y por más cliché que suene, al mismo tiempo respiré de alivio, y se fue esa sensación de alerta al saber que él estaba bien,y ya nada más importaba. Lo pusieron a mi lado y su papá se fue con él. De allí en adelante el sueño se apoderó de mi.

Alrededor de cuatro horas después, desperté del mejor sueño de mi vida a una habitación con luz tenue y sin ningún tipo de dolor. Recibí un par de visitas y espere con ansias para cargar a mi bebé. No hubiera querido que se lo llevaran pero al mismo tiempo los analgésicos hacían su efecto. A la mañana siguiente me quitaron la sonda, había escuchado horrores también pero no fue así, no sentí nada. Llegó la hora de salir de la cama. Pensé que sería mucho peor, pero contrario a lo que sentimos en ese momento (quisiéramos quedarnos inmóviles en la cama hasta que nos digan que ya no va a doler si lo hacemos), moverse es beneficioso para la recuperación.

Me bañé y me sentí como nueva. Aun estaba bajo el efecto de las medicinas y sentía que podía correr hasta mi casa de vuelta. En la tarde la cosa cambió, comencé a cansarme de las visitas y me empezó a doler un poco más, supongo que la morfina, mi mejor amiga, ya me estaba dejando y el aire que me entró por hablar, confiada de que me sentía tan bien, estaba haciendo sus estragos. En la noche quería regresar el tiempo y hacer caso de no hablar.

Salimos al siguiente día. Uno de los mejores recuerdos que tengo es ese bodoque dormido en la silla del carro, sabiéndolo mío, encantada de tenerlo al fin para verlo hasta el fin de mis días. El único consuelo ante los inevitables baches, que sentía que mi esposo pasaba a propósito y a 90kms por hora.

Esa es mi historia. Aprendí que para mí el nacimiento del bebé, hablando de los días en el hospital, debería ser algo súper íntimo, sin visitas. Esperamos 9 meses para conocer a nuestros bebés, para que todo el mundo los cargue menos uno. Necesitamos más contacto con el bebé,
Hay otros detalles, como documentar profesionalmente la experiencia con un fotógrafo, etc.

Al final, creo que cada experiencia de nacimiento es un proceso personal, donde ayuda mucho escuchar las experiencias de parto de cada una, compartirlo, también es parte de ir sanando nuestras expectativas no cumplidas o nuestros logros no asimilados, lo cierto es que ese momento es para vivir tu propia y única experiencia.