Amamantar y trabajar… Nuestro esfuerzo por hacerlo posi... /

2015.08.05

Gamy nos comparte su historia de lactancia desde el punto de vista de una mamá trabajadora en Guatemala. Gracias Gamy por apoyar de una forma tan importante el tema principal de esta semana de la lactancia.

Soy una profesional felizmente casada y felizmente trabajando. Me gustaban ambos roles, siento que los cumplía bastante bien (modestia aparte). Pero en abril 2014 mis prioridades cambiaron al enterarme que estaba embarazada. Pasada la emoción de dar la noticia, asimilarlo (con el cóctel de hormonas que te invade), las náuseas (que en mi caso “matutinas” era un piropo porque me duraban todo el día), empecé a preparar todo para la llegada del bebé: Cuna, carruaje, ropa, pachas, esterilizador.

Trabajo en la industria farmacéutica y en la oficina me facilitaron los contactos para conseguir la fórmula a precio más bajo que el del mercado; y allí iba… según yo lo más preparada posible. En mi check list de cosas por comprar, tuve especial cuidado con las pachas: Invertí largas horas viendo tipos de mamones, pachas, que si son anti cólicos, que para el reflujo, las delgadas o las anchas, qué marca era mejor, etc. Luego me pasé a los esterilizadores, los calentadores…. En fin, vi toda la línea y aburrí a mi pobre esposo contándole detalles.

Mi mamá me dio consejos sobre cuales pachas comprar, específicamente que comprara las de 9 u 11 onzas, porque las pequeñas solo las iba a usar un par de días y serían un desperdicio. Crecí viendo a las mujeres de mi familia dando pecho los días únicamente… Si mucho llegaban a los 2 meses, siempre combinando con fórmula, hasta que poco a poco esta última se convertía en la fuente de alimentación exclusiva del bebé. Eso era lo normal. Así que ¿por qué no habría de ser normal para mí también?

Cuando empecé a ver tipos de fórmulas noté que todas traían la leyenda: “La leche Materna es el mejor alimento para el lactante.” Al poner más cuidado, me percaté de que las compotas también la traían y decidí investigar. ¿Sería posible que mi bebé pueda vivir alimentándose de mi leche únicamente? Esto coincidió con el dolor de pechos horrible que traía, y la sensación de tenerlos como piedra. Le comenté a mi ginecólogo y me dijo que eso era mi cuerpo preparándose para producir leche. Recuerdo que me emocioné y le comenté que eso significaba que entonces podría darle desde que naciera a mi hija, y me dejó en claro de una vez que cuando nacen, las mamás no producimos suficiente leche por eso hay que darle fórmula en tanto la leche baja. No me atreví a contradecirlo. ¿Él era el experto no?

En el séptimo mes de embarazo una amiga posteó en su Facebook una infografía de La Liga de la Leche. ¿Liga de la Leche? Me metí a su fan page y me empapé de lactancia materna, sus beneficios, cómo lograrlo, etc. En ese momento lo decidí: ¡Yo quería amamantar! Me pareció una experiencia fascinante, y lo que más me atrajo fue la conexión que podría desarrollar con mi bebé al alimentarlo. La cuestión era como hacerlo. Herramientas informativas tuve muchas, a mí en lo personal leer las experiencias de otras mamis me animaba. Las discusiones y comentarios sobre LM en Cosas de Wiros estaban a la orden del día, y créanlo o no, fueron mi referente.

Aparte consulte con amigas que amamantaban, tuve una plática seria con mi mamá sobre lactancia (me pasó los conocimientos que tenía); y poco a poco fui según yo dominando el tema. Previo al parto, el ixbut estaba listo, tomé suficiente agua, y me dije “aquí vamos”. En el momento del parto, le comenté al ginecólogo sobre la Lactancia Materna Exclusiva, me volvió a decir que eso era poco a poco, que había que dar fórmula en tanto bajaba la leche. De nuevo no lo contradije. No me atreví. Ahora sé que no lo hice porque no estaba segura aún de la capacidad de mi cuerpo para alimentar a mi bebé. Luego de la cesárea, cuando me llevaron a mi hija Valeria, todos emocionados contándome que al llegar al cunero le dieron 2 onzas de fórmula que se “tragó” en un ratito… De nuevo, la normalidad era eso. Comía bien, y bastante. ¿Qué alegría no? Me sentí dividida. Si estaba bien con fórmula, ¿realmente tenía yo necesidad de sumergirme en el mundo de la lactancia? Se lo comenté a mi esposo y me dijo: Es tu decisión. Si querés darle pecho, te apoyo. Así que allí mismo me puso a la bebé en el pecho y ¡comenzó a succionar!
Yo estaba maravillada. ¿Quién le enseño a hacerlo? ¿Cómo sabe dónde succionar? Una vez que la pusimos allí, Valeria no quiso desprenderse de mi pecho. Yo estaba realmente preocupada, pensando qué iba a hacer si la leche no bajaba rápido. A Dios gracias, cuando salí del hospital con mi hija en brazos, la leche ya había bajado.

Llegar a la casa fue otro reto. Valeria quería pasar en el pecho la mayor parte del día o noche. Comenzaron a lloverme críticas sobre que estaba malacostumbrando a mi bebé, y que pobrecita, que sufriría cuando la dejara al regresar a trabajar. ¿En serio podría sufrir mi hija? ¿No sufriría más si le quito la conexión que nos sigue uniendo? Compramos el extractor de leche (Nótese que esto no estaba en mi check list de necesarios para la llegada del bebé), y decidida iba a preparar mi banco de leche.

Me lo puse y ¡Oh! ¡Decepción! En 15 minutos logré sacarme 1.5 onzas. Lloré. Hice drama. Renegué. Le di la razón a todos los que me criticaban. Con razón, me dije a mi misma, mi hija mama a cada rato, si no me sale mucha leche. ¡Pobrecita! Le di fórmula ese día. Igual volvió a pedir pecho. No era eso entonces. Investigué más. Supe que aún la lactancia no estaba establecida, y que estaba produciendo lo que mi bebé de 2 semanas comía. Así poco a poco fui superando los desafíos en casa, pero la hora de regresar al trabajo se aproximaba. Mi banco de leche no tenía casi nada. (30 onzas para ser exactos). Decidí no abrumarme, y hacerlo poco a poco. Cuando regresé a la oficina, tenía reserva para que mi hija comiera, e iba dispuesta a continuarme extrayendo para no acabármelas de una vez. Mi mamá (Que se volvió pro lactancia luego de ver que si podía dar LME) me despedía diciéndome: “Adiós hija. Que la producción no baje”.

En la oficina es otro rollo. La gente te ve raro cuando te desapareces un rato a sacarte leche. Yo en mi caso si le dije claro a mi jefe regresando que mi hija aún tomaba leche materna (Si, aún… porque ven raro que un bebé de 3 meses todavía tome leche materna) y que disculpara, pero que a ciertas horas me iba a encerrar en la oficina y que me ubicaba al teléfono o mediante chat. Al inicio todos tuvieron que acoplarse. Pasaba por el pasillo con mi hielera a guardar las pachas en la refrigeradora, y se reían por lo bajo. Poco a poco me fui dando mi espacio, mis compañeros fueron viendo que no era un juego, que iba en serio, hasta que hoy, respetan mi decisión y lo que conlleva.

Hay días en los que ando en la calle y no puedo sacarme tanto como quisiera. Hay días de abundante producción y días de escasa. Ha sido todo un desafío. Creo que en mi caso, la clave ha sido la constancia. Me saco leche en el carro, mientras voy en el tráfico, en la oficina, mientras tomo una conferencia por Skype (con el mute activo por el ruidito del extractor), y una vez que usaron mi oficina me fui a la sala de juntas bajo llave a sacarme. No es fácil, porque es incómodo andar trayendo y llevando el extractor, hielera, pachas, ice packs, pero vivo el día a día. Valeria y yo somos felices con la lactancia. Últimamente, al regresar del trabajo, ella pasa una hora entre jugando y mamando… Se ríe, rueda, regresa al pecho, se queda dormida prendida… y así vamos… yo la veo mientras agradezco la bendición de poder alimentarla y de tener ese momento de conexión, ese lazo de amor que nos mantiene unidas.

Quiero terminar mi relato agradeciendo a mi esposo. Él ha sido mi soporte en esta aventura de lactancia. Ponerme la dona para estar más cómoda, llevarme agua, darme aire (porque a veces que calor dar de mamar)… cubrirme cuando hay curiosos viendo, recostarse a un lado y abrazarme mientras Valeria come. Ha hecho esto y más. Gracias por apoyar mi decisión, y por completar el triángulo de amor en el que criamos a nuestra hija.